Respira de forma pausada. Con la mirada en un punto fijo, como quien busca recordar aquello que algún día le atormentó. De eso hacía ya mucho y el recuerdo había quedado enterrado en algún rincón de su memoria. Tocaba sus manos, ásperas y encalladas, mientras sonreía levemente. Un recuerdo fugaz, vivencias pasadas que habían quedado atrás para dejar lugar a una nueva vida.
Allá por 1945, en el campo extremeño pocos eran los que conseguían formarse fuera de la dinámica agrícola y ganadera. La prioridad siempre fue el arduo trabajo de mantener a la familia. El pastoreo, la siembra y la recolección eran el pan de cada día en una época que podía dejar mucho que desear para ciertas minorías. Criado en la campaña, labrado en sudor y trabajo, Manuel Manchón había crecido en una sociedad prescrita, educado en valores diferentes. Nació distinto y aprendió a no serlo. Historia, vida, cambio. Su ejemplo no es más que el de tantos otros que se vieron obligados a renunciar a su condición; aquella que nunca llegaron a elegir.
El círculo de la vida, dibujado por la curva de una mano. “Entonces era distinto”, dice desviando la mirada. Frota su muñeca izquierda y continúa: “Recuerdo que en el colegio se nos enseñaba a escribir de manera mecánica. Misma técnica, misma forma, todos por igual”. Y es que, por aquel entonces, nadie contemplaba la posibilidad de salirse del rebaño. Era más sencillo no hacerlo. Así, cuando se determinaba que la manera correcta de escribir era con la diestra, los niños asentían y se subyugaban a los usos predominantes de la escritura. La mayoría sufría en silencio, aunque siempre hubo quienes decidían no callar, eligiendo enfrentarse a consecuencias que resultaban ineludibles. “Éramos muchos los niños incapaces de amoldarnos a las exigencias que se nos imponían en la escuela”, explica mientras se le humedecían los ojos.
Manolo, como lo llamaban sus allegados, había vivido en sus propias carnes aquella discriminación tan propia de una época pasada: con la mano izquierda atada a la espalda, le instruían a que manejara la pluma con la contraria. Hoy, su caligrafía es impecable, pero el precio que tuvo que pagar por ello fue demasiado alto. Frustración, rechazo, inseguridad… Había sido educado para a ser algo que no era, forzado a asimilar como natural lo normativo.
En su recuerdo quedan las interminables noches a la luz de una candela, repitiendo los trazos, trabajando para rectificar los defectos de su escritura, controlando su pulso, optimando su precisión; sintiéndose culpable por su condición y trabajando por modificar ese aspecto por el que le tachaban de extraño. En un mundo adaptado para el diestro, los demás luchan por un sitio; y nunca fue tan complicado encajar la pieza de un puzle que carecía de vértices ni aristas.
Cerca de ocho décadas han pasado. Esa polarización que disgregaba a diestros de zurdos desapareció. Pese a que todavía quedan vestigios de creencias pasadas, hoy el sistema no somete, sino que invita a la diferencia. Para aquellos que vivieron lo contrario, se trata de una escala de grises. No escriben ni comen con la dominante, pero sí trabajan o hacen fuerza con ella. No encajan en ninguna colectividad, sino que simplemente viven en el límite de un grupo y otro, ajustándose en función de lo que han normalizado. Hay quien entiende lo vivido como una ventaja, algo que les empujó a salir de la zona de confort, aprender a ser igual y mantenerse distinto. Pero, al final del día, todo pesa. Y es que, por mucho que digan que el tiempo cura heridas, no endulza lo sufrido.


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